miércoles, 20 de febrero de 2013

SALVADOR Y JOSÉ


SALVADOR Y JOSE

“Cuántos niños habrán sido invitados por sus amigos para disfrutar corriendo en las canchitas del Parque Don Bosco. Mi madre dijo que sí y mi padre, de sentimiento metido adentro, seguro que se puso muy feliz.
            Fue así que domingo tras domingo el viejo y verde Nash 90-939 arrancaba desde el Barrio Pamer a la ciudad, cruzándola toda y con destino en el viejo Parque.
Óleo de W.M. - Carrasquito y el Dacá
            La primer tarde El Viejo me llevó junto a un hombre de tierna mirada. Fue así que conocí a Salvador. Recuerdo siempre su andar, su rostro y su mano cariñosa en la cabeza, su caminar al costado de las canchas alentando y dando indicaciones, dándose vuelta para seguir alentando en las otras canchas a los de otra categoría. Siempre estaba, con frío o calor junto a las bolsas con camisetas. Este niño iba de pantalón corto negro y unas medias negras largas, con un final celeste que se doblaba por debajo de la rodilla. No recuerda si las hizo la abuela o la madre. Al acercarse la hora esperaba con ansiedad que Salvador abriera la bolsa y comenzara a repartir la celeste camiseta.
            Jugar era un deleite. Junto a Pablito, Karlen, el otro Pablito, Gonzalo y Javier y otros más. O subir de categoría junto a Manzanarez o Carqueja, que siempre me lo recuerdan.
            Jugar de tarde los domingos en el Parque era una felicidad completa. Esa satisfacción seguro sentiría El Viejo, hincha celeste e hijo de José, el abuelo que vio nacer y crecer al club. Este niño se dio cuenta de eso después, de grande, al conocer más la historia del padre de aquel padre y ver su foto presidente en el club del Cerro.
            Fueron algunos años de gorriones, de semillas, cebollas, de baby, de medirse la altura en el Colegio San Miguel o de comer mandarinas en el Parque. Fueron algunos años de celeste, de Salvador, de algún campeonato ganado o de alguna final perdida en los penales.
            El fútbol, que se alejaría de mí poco tiempo después, logró que algunos de aquellos compañeros hasta lograran campeonar en la primera para sentir una felicidad de privilegio. Aquellos goles de la primera que, gritados por la hinchada, se sentían desde el Parque.
            Cientos de niños recibieron la mano cariñosa de Salvador y esperarían con los ojos bien abiertos el reparto de la camiseta cielo. Cientos de niños pueden contar historias como estas. Las mandarinas, la ansiedad y seguro muchas cosas que no se recuerdan, porque cuando los botijas empezaban a correr tras la pelota era olvidarse de todo.
            De grande se sienten revivir cosas que de niño uno no se da cuenta. Haber estado tan cerca del abuelo al vestir su querida camiseta. Toda una alegría, por qué no decirlo.
            De Salvador, presidente para siempre, siempre el recuerdo. Con Hugo lo recordaba un día a la tarde, hablándonos en radio de celestes cosas y de su padre, paciente consejero, mientras esperábamos los niños ansiosos salir corriendo para la cancha.
            También me hubiese gustado verlo a José al costado de aquellas canchitas infantiles. No pudo ser, vestido de celeste él se había ido algunos años antes para siempre y por allá lejos, donde parece ser que todo es celeste también”.
            

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